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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Relato para el VI Concurs de narrativa Fantàstica i de Terror d'Encamp (Versión en español)

Este año me vuelvo a presentar a este concurso. Como muchos no comprendéis el catalán, os dejo una traducción al español de mi relato, y si lo veis merecedor de vuestro voto, entrad en el enlace que o dejo a continuación y le dais al "Me Gusta" de facebook.


Niños de la guerra


El barro se agarraba a las botas como la madre que no nos quiso ver partir, suplicando a la altura de nuestras rodillas, sabiendo tan bien como nosotros que el enemigo se encontraba al otro lado de la densa cortina de agua que barría por completo aquella ciudad en miniatura. Allí delante estaba, nos llamaba sin más intención que la de devorarnos. Sus fauces asustaban a nuestras empequeñecidas almas, a nuestros cuerpos cansados y asfixiados por las interminables jornadas de lluvia que ralentizaban nuestro avance.
El sargento había perdido su habitual buen humor días atrás, cuando los tanques que nos escoltaban se rindieron ante el puente derruido que conducía a aquella maldita villa que debíamos tomar sí o sí. Nadie entendía qué lógica estratégica tenía aquel apartado lugar, pero la cuestión era que el batallón donde más tarados había debía tomarla y no dejar títere con cabeza.
No había tiempo para el miedo mientras avanzábamos en fila de a dos, separados del compañero por un par de metros, atentos a cualquier movimiento sospechoso o, y trago saliva al recordarlo, al zumbido de un obús; todos sabíamos por experiencia que escucharlo era tenerlo encima en cuestión de segundos. Así que agachados caminábamos, soportando el golpeteo terrible del agua, aplastando los cascos sobre nuestras cabezas, minando nuestra moral más que el peso de las mochilas y la munición extra.
Alguien alzó el puño en la primera fila, y todos nos detuvimos, expectantes, con el corazón latiendo salvaje en la boca, aferrados a nuestros fusiles como si de ellos dependieran realmente nuestras vidas. Así nos lo enseñaron, así conseguiríamos sobrevivir. Tras unos minutos, durante los cuales la lluvia amainó, soportamos entre escalofríos el creciente viento, que parecía provenir de la población, que estaba más cerca de lo que intuíamos a través de la cortina de agua.
Aquel puño se convirtió en una flecha que nos puso de nuevo en movimiento, manteniendo la formación.
Fue entonces cuando se escuchó el temido zumbido.
El obús cayó en mitad de la fila, reventando pocos metros más adelante de mi posición, esparciendo barro, piedras y miembros amputados por igual, sin hacer distinciones, despreciando la vida tanto como lo habíamos hecho nosotros cuando matamos a los primeros soldados que gritaron mientras corrían a nuestro encuentro. Muchos lograron parapetarse en trincheras que, seguramente, deberían estar de haber estado llenas de enemigos de no encontrarse prácticamente inundadas. Disparando sin apuntar, componiendo una macabra melodía a la que nuestro entrenamiento nos había enseñado a poner ritmo y compás, contestamos al ataque.
Volaron las granadas, silbaron las balas al pasar, estallaron más obuses, y la nubes, de nuevo, se mostraron implacables; parecía que nos concedía el tiempo suficiente para volver a juntarse después de cada aguacero.
Todos luchábamos sabiendo que no habría un nuevo mañana si nos parábamos a respirar. Ellos defendían sus vidas, sus hogares, posiblemente a sus familias, pero nosotros estábamos allí para quitárselo todo, por malos; Eso es lo que siempre dicen los buenos. La guerra, me dijo una vez un general, es un montón de disparos que terminan cuando un bando le quita la razón al otro. Pero eso a nosotros no nos importaba. Con tal de salir vivos de allí, hicimos lo que bien pudimos.
Tomamos sin sufrir muchas bajas la última trinchera antes de entrar en el pueblo, acribillando a sus ocupantes, haciendo de aquel lugar nuestra fortificación. Rezamos porque nuestros tanques llegasen pronto por el camino alternativo que habían encontrado los exploradores, más largo pero asfaltado. De mientras, éramos nosotros los que comíamos barro y trozos de cemento escupido por los obuses al caer.
Perdimos casi a la mitad del regimiento en diez minutos interminables. Sólo Dios y nosotros sabíamos que aquella gente se estaba defendiendo dándolo todo desde el primer disparo. No tenían más estrategia que la de salir a matar o morir. Nuestros mandos parecían pensar rápido, demasiado para todos los movimientos que nos indicaban a gritos i gestos agresivos. El miedo empezaba a sobrevolar nuestras cabezas, entrando y saliendo de las mentes a un ritmo cada vez más acelerado, rebanándonos los sesos y anudándonos los nervios a los huesos.
Vi a dos de mis compañeros caer a mi lado con un agujero en los cascos. La sangre se mezclaba con el agua que me cubría hasta las rodillas, que entumecía mis miembros y dificultaba mi respiración, ya de por sí agitada.
Algo estalló sobre mi cabeza, una granada lanzada antes de tiempo, deduje, agradeciendo las prisas de quien la había tirado. Un pitido ensordecedor me alejó del mundo durante varios minutos, desorientándome, taladrándome el cerebro con una contundencia que jamás había experimentado. Quise quitarme el casco en un gesto instintivo, buscando que el frescor de la lluvia mitigase el mareo que sentía, pero temí que mis sesos pudieran desparramarse al hacerlo.
Entonces corrí, sin saber muy bien por qué; quizá fustigado por el miedo o por la locura, pero me dirigí hacia un muro con pinta de durar poco en pie. Miraba a un lado y a otro, procurando orientarme, distinguir a los míos, que por alguna extraña razón no avanzaban. Nuestras balas volaban por millares, destrozando cristales y ladrillos, mientras que el enemigo parecía conformarse con permanecer fuera de nuestro campo de visión. Cierto era que íbamos cayendo, poco a poco, pese a la intensidad de nuestro ataque, pero no conseguíamos penetrar en la villa. Algo no iba bien. El aire ocultaba algo detrás de los zumbidos de las balas.
En un momento dado, comprendí que era el único que había pisado el perímetro urbano. Saqué valor de aquella situación y corrí calle adentro, gritando, pisando los sucios charcos, buscando desesperadamente un lugar donde ocultarme; iba disparando a lo loco mientras mis compañeros cubrían mi internada.
Me dejé caer detrás de un viejo coche, oxidado, sin color en la chapa y las ruedas deshinchadas, como si llevase allí un siglo parado. Mirando por una de las ventanillas, carentes de vidrio, seguía sin ver al enemigo, todo y que sus balas comenzaron a acribillar aquella carrocería que se hacía polvo, como si fuera de arena.
No lo entendía. No se veían tan siquiera los fogonazos de los fusiles al escupir la munición. La falta de lógica se aferró a mi cordura, la estrujó sin piedad, e hizo que me pusiera en pie y comenzase a disparar sin apuntar, como un demente, arrasando cuanto había calle abajo.
Entonces los vi: sombras, siluetas etéreas que no se ocultaban, protegidas hasta aquel momento por la incesante lluvia.
Dos aguijonazos sacudieron mi torso, tan certeros como dolorosos, comprendiendo en aquel momento que nuestro enemigo no era real, que los fantasmas del pasado habían vuelto para vengar los agravios de cualquiera de las guerras que desde hacía siglos bañaban con la sangre de su pueblo la misma tierra que los vio nacer.
Caí de espaldas mientras todo mi alrededor empezaba a desvanecerse. El sonido de la lluvia se fue apagando junto a los gritos y los disparos, junto a palabras escupidas en un idioma que no entendía, por hombres de otro tiempo que pasaron por encima de mi cuerpo, ignorando la agonía en la que me hallaba.
Mis compañeros estaban acabados; mis amigos, mis hermanos. Ningún arma, ningún tanque de refuerzo, podría detener la furia del pasado.
Y es ahora cuando comprendo qué es la muerte: una fría sensación de abandono. Nada más. Ni gloria, ni orgullo... nada, solo un menguante dolor que acompaña el cerrar de mis párpados.
Mis ojos ya no ven, mis oídos ya no escuchan y no puedo hablar, quejarme, llorar. El olor de la pólvora, de la sangre  y del asfalto mojado deja paso a un aroma dulce mientras las terminaciones nerviosas de mi piel van perdiéndose entre la bruma que me engulle.
Me siento caer, dentro de la negrura, en un abismo de paz, acompañado por ese olor que me recuerda a mi infancia.
Mi cuerpo se estabiliza, como tendido sobre una mullida cama, y un leve resplandor perfila mi cuerpo. Más allá veo una figura acercarse, una silueta femenina, juraría. Viene hacia mí, y no puedo evitar recordar las viejas historias que me contaba mi madre sobre vikingos que, al morir con honor, eran llevados al paraíso por las Valquirias.
Morir con honor, río para mí.
La mujer se detiene y me mira. Tiene cara de ángel, pelo negro, largo como el vestido que luce, tan oscuro que se confunde con el entorno que nos acoge. Presto atención a sus ojos, dos estrellas, dos supernovas a punto de explotar y esparcir la calidez que transmiten por este vasto vacío.
Algo en ella me es familiar, que no es la primera vez que la veo. Pero no recuerdo dónde la conocí.
Alarga la mano, y en ella sujeta un candil que emite una débil luz, un resplandor que me engaña y descubre ante mí la figura de una esquelética dama cuya piel se pega a sus huesos, como si no tuviera músculos, ni venas tan siquiera... ni órganos. Las cuencas de sus ojos son aún más negras que el abismo donde nos encontramos, y de su boca sin lengua salen palabras que comienzan a grabarse en mi piel, a fuego, provocando que mi alma se retuerza e intente escapar de este cuerpo inerte en que  estoy prisionero.
-Termina tu invierno –me dice su silencio ardiente-, y el último viaje de aquel que no ha comprendido el significado de la vida. Has derrochado el tiempo en lo banal, como hacéis todos, y ahora que quieres lamentarte debo contestar que no, que nunca podrás hacerlo.
No logro entender sus palabras, pero el fuego permanece sobre mi cuerpo, penetrando por cada poro de mi piel. Siento dolor, y miedo, un terror que jamás había experimento, el anhelo desesperado por escapar de su vacía mirada. ¿Es ella la muerte?
-Hoy te unirás a mis tropas –continúa, inmóvil, con la boca abierta, mostrándome el infierno de mi actos-, y contigo vendrán todos los tuyos.
-Tropas... ¿Qué tropas?
-Aquellas que defienden este lugar –me dice con una sonrisa que detalla unos dientes podridos, ocultos por una piel que no es más que una parodia de labios-, las mismas que habéis intentado derrotar desde hace muchos años.
Lloro, pues comprendo lo que me dice. Aquel es un pueblo maldito, un lugar a donde van a parar los incautos, los locos y los suicidas; también los que son enviados por dirigentes sin alma.
-Avanzar hacia la victoria es el camino más corto hacia la derrota –me dice, sin atender a mi llanto.
Entonces ella cambia, y vuelvo a ver a mi madre, agarrada a mis rodillas, limpias, sin barro, y junto a ella a las madres de mis compañeros, todas tiradas a mis pies, llorando, clamando por sus hijos muertos, cuyos cuerpos se esparcen desmembrados en un campo sin horizonte, sobre un mar rojo, hirviente. Ellas, dando forma a una isla que me atrapa, rasgan con sus uñas mis ropas, mi piel, derramando una sangre que ya creía evaporada.
Fui un estúpido al creer que la guerra nos haría más hombres, mejores personas. No puedo culpar a nadie más por el fracaso de mi inmadurez, de las palabras que hilaron para convencernos de que en la batalla nos volveríamos dioses.
Pero no, sólo somos títeres de un sistema que no conoce la realidad, una verdad que nada sabe de la Muerte, de esta dama que ríe ante el engaño en el que hemos caído.
Engañados como niños.
Así pues acepto arrepentido este dolor, el eterno frío de una muerte que no consumirá mi alma hasta que el barro de mis botas no se haya desprendido de ellas...
...y llueve, todavía sigue lloviendo en el campo de batalla, pues más hombres vendrán a luchar; muchos más serán asesinados.

Fin

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