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domingo, 8 de febrero de 2015

La mañana que vive en ti

El clamor del silencio ruge esta noche en mi corazón, decapitando cada recuerdo con una crueldad que no soy capaz de controlar, implorando lágrima tras lágrima que termine esta sangría que nubla mi visión.
Toda pasión cayó ahogada en la inmensidad de este invierno que se niega a arder. Pronto llegará la mañana y aquí me encontrará, sucumbiendo en las letras escarlatas que esta alma, que ya no parece mía, me dicta.
El viento se siente poderoso esta noche, y me observa a través de la ventana, dedicado a transportar un tiempo que ya no deseo arropar. Golpea el cristal, deseando llamar mi atención, pero su canción no es más que un puñado de ceniza, la angustia inefable de un sol inalcanzable, perdido en la oquedad de aquella mirada que una vez me mostró el latir de mi corazón.
Ni en lo más profundo de mi imaginación concilié el amor de esta paz que ahora me es negada. Fuegos fatuos bailan alrededor de una carta que jamás debió ser escrita... menos leída. Sus llamas azules buscan mi mano, mi voz, mi mirada, pero llegan tarde. La cruz que se alza sobre el campo de cadáveres que es mi lecho, sentencia ahora el destino de mi alma.

Sus pisadas repican en la noche.

¿Quién eres tú, que ignoras el viento y el fuego que señalan mi caída? ¿Quién, tú, que dices saber mi autentico nombre? No conozco esa luna ni ese sol que descansan en tus manos... esas manos... ¿Eres acaso el olvido que tanto anhelo? Tu sonrisa me confunde, pero no deseo otra cosa que negarme una y otra vez a ver más allá de ese espejo convertido en espinas.

No soy nadie que no haya dentro de tu corazón, ni la manifestación de un recuerdo reprimido ni la voz que insiste en cerrar tus ojos.
No.
Yo soy quien nació en tu niñez, las manos inocentes que una noche te dejaron durmiendo, deseando que jamás lloraras por pena o por dolor. Yo siento en mi pecho la falta de todo lo que tienes para que no exista el vacío en tu sonrisa, pues siempre he vivido para derretir la escarcha que el otoño siembra en diciembre.
Soy quien pronto tendrá que olvidarte, por eso ahora vengo de nuevo, desde lo más lejano de la mañana para arroparte en  la noche. Vengo para hablar, para escuchar, para decirte que no hay mar que no se desborde por el precipicio de un nuevo día. Estoy junto a ti para llevarme la memoria del funesto canto que hace arder la llama azul de aquello que ya está muerto.

Entiendo tus palabras.
Entiendo esta despedida que se lleva la oscuridad de mi mente y hace florecer un nuevo comienzo. Ahora te reconozco... y comprendo la verdad. Este insaciable martirio deja de tener sentido, y la verdad de tu mirada me devuelve a la infancia, al calor de mi cama. No dejaré que ningún sueño me retenga en esta noche sin luna.
No lo olvidaré.
No te olvidaré.

Fin.

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