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martes, 5 de noviembre de 2013

Relato: "Los lobos guardan mi secreto"

Relato para un concurso (original en catalán):

Los lobos guardan mi secreto

Escuchad al viento traer la funesta canción de los olvidados, pues entre ellos se eleva el humo que indica la presencia de la tragedia, la semilla que crece arraigada en la tierra sin nombre ni pasado, donde los lamentos esculpen en la piedra gris las lágrimas que todavía llora la luna, quien pende ahorcada en lo alto, balanceándose entre las estrellas de la fría noche de invierno, la misma que fue testigo impotente de la hora más oscura de las hadas y los duendes, pues ellos huyeron para siempre de sus hogares, abandonando el folclore y la magia, que fue devorada por la insaciable realidad de la sangre.
Pero yo no puedo prestar atención como lo hacéis vosotros, pues camino inmerso en la niebla, buscando sus huellas, su aliento, su presencia, luchando contra los elementos y las voces de la noche, reino eterno de búhos y  misterios.
Avanzo perdido bajo la foresta pálida, donde el blanco y el negro golpean mi cordura y despierta mi ansiedad. Quiero recordar, levantar la voz de mi inconsciente para que me guíe, pues mis recuerdos bailan desacompasados, perdiendo el ritmo entre los jirones que forma la bruma a mi alrededor.
Un sendero abre sus fauces. Dudo, pero no puedo detenerme, el destino me empuja a seguir, a girar, a mirar y observar cuanto vive y muere en este bosque. Todo aquí puede conducirme a ella, no debo perder la calma y escuchar, prestar atención al vuelo de la lechuza, al sigilo de la musaraña y a la mirada de los lobos, porque ellos guardan silencio, con sus fauces azotando a mi desesperación. Otra vez.
La nieve me rodea, pero mis pasos son firmes y avanzo. Tengo la sensación de llevar horas buscándola, dando vueltas sin sentido entre los árboles de retorcidas ramas, donde témpanos de hielos parodian con crueldad las frondosas copas verdes que tinta la primavera. No recuerdo bien ese tiempo de calidez y lluvia, hay recuerdos que no llegan con claridad.
Su dulzura se reflejaba en su sonrisa, como un rayo de sol eterno devastando la soledad de aquellos que la miraban. Y aquel día era yo.
Sus ojos azules contemplaban la alegría del río, liberado de la prisión del invierno, saludando a la tarde que acunaba el deshielo. El sol mecido en su rubia melena se despedía de nosotros, mientras nos cogíamos de la mano para salvar los obstáculos que eran la maleza y las piedras.
Reíamos, hablábamos, mientras la miraba fascinado, incapaz de reprimir la felicidad de aquel momento. Era el amor de mi vida.
Aun y así, el lamento lejano que ahora me perturba exige que me esfuerce más, que no desista en esta búsqueda que amenaza con derrumbar mi valor. El miedo siempre está al acecho, agazapado, escondido tras los cúmulos de nieve o tras la voz del viento gélido que me recuerda el lento paso de las horas.
Es de noche pero veo con claridad mi alrededor. El camino se bifurca, la niebla me guía, llamándome con un susurro que transporta mi nombre y mi pasado. Un cuervo gris destaca entre el enramado, congelado. Me mira en silencio, acusándome, odiándome, ansioso por picotear mis ojos que tanto mal vieron donde no lo había.
Ella caminaba delante, riendo, lanzándome pequeñas bolas de nieve que yo permitía impactar en mi cuerpo, feliz, bebiendo el néctar de aquel momento de júbilo. Era la niña más hermosa que nadie hubiese visto jamás, era una diosa encarnada, solo para mí.
Pero el sol también provoca sombras, y aquella se alargaba hasta mis pies, empeñada en apretar en un puño todo el amor que sentía, cada latido de mi corazón. Era hija del engaño, de la lujuria y del rencor, así que eran mis manos libres de pecado las que debían otorgarle el perdón.
No se a dónde puede haber ido. Tengo la sensación de que estas huellas que piso se ríen de mí. Debo mantener la calma, pues el monstruo quiere despertar de nuevo, y sus dientes rojos me producen pavor. Contemplé sus ojos una vez, y desde entonces el sol se oculta tras la niebla.
Los árboles marchitos me señalan con sus artríticas ramas un punto exacto entre el manto de nieve que nos apresa. Hay un claro entre la foresta, donde la maleza se oculta de la mortecina luz de la luna, un lugar que observan las montañas con horror, en recuerdo de la sangre derramada, del llanto desesperado; de la caída de una estrella al más frío y oscuro abismo.
Porque aquella tarde debía dejar de amarla.
Paseamos uno junto al otro, cogidos de la mano, siguiendo un serpentino sendero donde la nieve se apartaba a nuestro paso. Los animalillos nos observaban desde sus escondites, curioseando y murmurando, expectantes al paso de los extraños.
El sol no quería ir a dormir, pero la luna le susurró algo al oído y finalmente nos dejó solos, bajo un manto estrellado que se extendía más allá del cielo conocido.
Fue entonces, en aquella penumbra, cuando el acero retozó con mi niña.
Ella suplicaba, gritaba, lloraba, siempre consciente del dolor, sumida en el más profundo terror que sus pupilas tatuaban en las mías.
Mi voluntad se aferraba a aquel puñal que bebía la sangre caliente con una sed desmesurada. No era un castigo, le dije con todo mi amor, pues le mostraba el camino a un lugar mejor, donde su vida no dañaba el honor de las familias nobles, un lugar en el que el pecado era perdonado.
La sangre era el precio, y a cada puñalada que mancillaba su pequeño cuerpo, me cobraba los días de vergüenza e impotencia.
No llores, le susurré cuando sus ojos me miraron por última vez. El dolor que sentí al ver aquellas lágrimas quemó por completo mi corazón, y la bestia, saciada, desapareció. ¿Qué había hecho?, me pregunté contemplando mi alrededor, allí, solo como estaba, sin sol que me guiase ni risas que escuchar.
La sangre se había enfriado sobre la nieve, y el invierno se cerró sobre mí.
Algo a mi espalda se movió, con pasos firmes y decididos. Los lobos que guardan los secretos de aquel bosque vinieron en busca del mío.
Corrí, salté, me caí y volví a levantarme, llevado por el miedo en una frenética carrera en busca del perdón. Abandoné aquel claro para perderme irremediablemente en el enramado fantasmal, siendo mi piel lacerada. Los lobos seguían mis pasos manteniendo la distancia, agotándome, degustando mi desesperación, antesala del gran festín de carne que les esperaba.
Terror, ansiedad y lágrimas, todo ello cogido en un puño que se aflojó cuando mis piernas traicionaron a mi mente en un acto de purgación. Ellas no me perdonaron, al igual que las bestias de la noche, que hincaron sus fauces en mi cuerpo y me liberaron del pecado.
La luna que contemplaba el juicio, no soportó el veredicto. Allí mismo quedó suspendida, con la soga de la noche alrededor de su cuello, como un títere roto en un teatro olvidado.
Y yo sigo soñando con encontrar el cuerpo de mi niña, cada noche desde entonces, perdido como me encuentro entre la niebla y los fantasmas que me acusan y repudian. Busque donde busque, mire a donde mire, sólo una efímera sonrisa infantil llevada por el viento me hace mantener la esperanza de encontrarla algún día para pedirle perdón. Mientras tanto, la sangre arde roja, vaporosa, tintando la niebla que me rodea, que me retiene en este plano, transformada en los barrotes entre los cuales mis manos son incapaces de alcanzar la luz que nunca más veré.
Fin

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