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jueves, 14 de febrero de 2013

Hasta que tu sangre no se borre de mi cuerpo

Heme aquí, sentado en la arena húmeda de esta playa maldita, donde el viento ha traído el frío funesto que ha recogido el vapor de mis lágrimas sobre el fuego que hace bailar la sombra de Hades sobre mis ojos.
El silencio reina bajo las estrellas que los extranjeros veneran aquí, en su tierra, la que nos recibió con violencia y muerte. Nadie respira esta noche en el campamento, ni junto al muro ni junto a las negras naves que cruzaron el mar cargadas de promesas y coraje.
Traje mis armas en busca de gloria, con la necesidad imperiosa de demostrarle a los dioses quién merece ascender al Olimpo con el puño en alto, ebrio de vanidad y gallardía, contemplando las nubes sin comprender su majestuosidad divina. Yo, que saqueé y maté buscando su mirada, tengo que rendir ahora la mía a los pies del cadáver de tu asesino.
Nada, nadie, puede consolarme ahora que mi corazón ha dejado de latir junto al tuyo. Ni esos hombres de dura piel y cicatrices profundas, nuestros hermanos en la guerra y en la paz, ni el lamento de las viudas que ayer eran alegres esposas, nada, nada espanta el recuerdo de tu mano sobre la mía.
Tu cuerpo yace frío en la pira, esperando las llamas que te conducirán al Elíseo, pero no deseo verte partir aún. Esta noche solemne, de palabras susurradas y de ecos malditos que me devuelven el último grito que salió de tu garganta cercenada, he jurado no volver a amar. Será cuando la guerra termine que limpiaré la sangre mis enemigos de mi acero, pero no la tuya de mi cuerpo.
Buscaré el sol que pulió nuestra piel en el eterno verano de nuestro hogar, en las claras aguas del Egeo. Cantaré para ti aquellas canciones que nacieron para nosotros en nuestra infancia, cuando vi por primera vez la pureza de tu mirada.
Amigo, hermano, amor mío, esta noche no habrá lluvia que apague este fuego eterno que bendice mi venganza, ni viento que se lleve mi juramento. Esta noche dormirás en mi alma, en lo más profundo de mi ser.


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