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martes, 15 de enero de 2013

Seis puñales

Miró al cielo, llamado por la noche que aletea con alas negras y observa con ojos de mármol sobre el rojo del recuerdo más doloroso que su traicionera mente se niega a desterrar.
En lo alto observa la media luna, celosa del amor que late en el corazón del hombre que espera junto al río oscuro; un hombre que debe ahogar en las profundidades de su alma el mayor de los males, la sonrisa de la muerte que, sentada sobre una tumba con nombre y apellidos, espera con la paciencia de quien se sabe vencedor.
La tierra está fresca, no hace tanto que removieron las piedras. Los gusanos asoman burlones por la piel pálida de su amada, buscando el sufrimiento en su marchito corazón.
En el reflejo cristalino la puede ver, viva otra vez, en sueños, a punto de presenciar de nuevo la tragedia que la apartó de su lado.
Ella caminaba mientras el frío reinaba sobre la ciudad dormida, arropada por sus pensamientos más íntimos y cálidos, volviendo al hogar, regresando al regazo de su familia.
La luna callaba aquella noche de espejos oscuros y luces dormidas. El viento susurraba cerca de allí, expectante al doblar cada esquina, donde las lágrimas y el miedo esperaban para besar su mano. La yegua negra de la noche relinchó, asustando a aquella muchacha, cubriendo sus labios de escarcha. Fue entonces donde surgieron las manos que la hicieron callar para siempre, profanando sus sueños, derrotando a su esperanza, tomando de ella lo que nadie conocía aún.
El cordón de plata fue fundido con el fuego de seis puñales, separando por siempre la vida de dos almas. Ella lloró, gritó, peleó y murió bajo el frío y el silencio de la luna y las estrellas.
Él se ahoga ahora en el remordimiento, en la culpa, bebiendo el amargo licor de la soledad en una copa llena de cristales rotos. La apartaron de su vida callando el color de sus ojos, arrebatándole el sol y la sangre. Una niebla gris oculta su fantasma y no puede pedirle perdón.
Mirando al cielo, al cielo nocturno donde se mece una luna ahorcada, podemos verle junto al río oscuro, que quiere cobrarse el juramento del que una vez fue testigo:
“Nacimos para amarnos, ignorando las miradas celosas y los dedos acusadores. Yo te querré más allá de la muerte, yo quemaré el Cielo y congelaré el Infierno para que nuestras almas siempre sean una; tan sólo tu pérdida es la daga que temo, y no a la Parca y su guadaña. Allá donde te encuentres, mi corazón estará a tu lado. Que mi sangre sirva para sellar este juramento”.


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