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sábado, 19 de enero de 2013

Canción de cuna

El aire olía a jazmín, y a nieve, y a muerte. En aquel campo de amapolas sangrantes, de espinas rotas y almas perdidas, tan sólo una luz quedaba en pie, famélica, herida, sin esperanzas ni fuerzas.
Sus hermanos habían caído, uno a uno, haciendo que cada muerte fuera más innecesaria e inútil. Esparcidas por el espacio infinito, sus voces se perdieron detrás de las estrellas.
Una pequeña llama calentaba entre sus manos desgarradas la última visión que tendría de aquel mundo, reflexionando sobre el sentido en que viajan los planetas antes de colisionar dentro de nuestras almas.
Sintió el frío de la muerte a su espalda, pero era una mujer quien susurró las bellas palabras que lo hicieron dormir, quizá, por fin, para siempre.
Ella le dijo que no tenía nada que temer, pues siempre hay un principio para todo. Al igual que el Universo lloró la primera vez que fue consciente de su inmensidad, él no debía tener miedo al verter sus lágrimas en la profundidad de su ser. Así llenaría, poco a poco, el vacío que dejan los sentimientos cuando la razón desertiza todos los campos que hemos sembrado, regado y recolectado durante nuestra la vida.
Le dio la mano para ayudarle a bajar, pues ya no necesitaba mirar más al cielo. Una vez pasada la línea, el mal y el bien se funden en un mismo ser, el mismo que nos acunará y cuidará mientras no tengamos la necesidad de volver a caminar.
Duerme, le dijo junto a un beso en los labios, duerme y deja que las constelaciones giren bajo tus pies. Cronos nos regala el pasado y el futuro como parte de un juego infantil, donde aprender es el premio y el sueño la meta a alcanzar.
Así que duerme, le repitió aquella dama en la que reconoció a su madre, a su mujer y su hermana, duerme abrazado por las olas de las profundidades, en brazos de Poseidón. Venera a quien más le debes, que no es otro que a ti mismo, por haber hecho tan grande el valor, la bondad, el amor, la sinceridad y la piedad en tu corazón.


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