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miércoles, 30 de enero de 2013

Al Hades, tu miseria desciende



Saboreo tu sangre, ardiente sobre el metal, testigo del último espasmo de tu cuerpo, de cómo ha quedado trazado al fin el sendero por donde desciendes al Hades.
Yo, que nunca busqué tu mirada, he cabalgado ignorando tu existencia, elevándome por encima del Olimpo, como una antorcha que ilumina a los elegidos y quema a los necios a través del cielo y la tormenta.
Mi acero bebe sangre cuando ésta es digna de ser derramada, siempre ha sido así, de la manera que se escribió en la piedra con el fuego de mis ancestros. Pero tú, que gustas de la vulgaridad y la necedad, que comes del fruto de Baco sin dejar de pensar en la miel de Afrodita, que no llegas a entender la luz de las estrellas, hablas fuera de hora y lugar, utilizando un don que no mereces, un lenguaje que tu mente cree dominar.
¿Pensaste ser mi igual, cuando ni mi sombra podías alcanzar?
Triste mirada la tuya, cegado por el resplandor de la guadaña que no supiste ver. El sol te negó su voz y la luna su silencio, y aún así no comprendiste que estabas loco, lejos de tu hogar.
Me suplicaste el perdón, como si pudiera controlar mi voluntad, como si en algún rincón de mi alma ardiese la llama de la piedad o el olvido.
Escupo sobre tu cadáver mancillado por las ratas y perros; alpiste de buitres. Tan sólo las lágrimas y las heces, hijas de tu valor, serán testigo fiel de tu caminar por esta vida. Ni tan siquiera la sangre que ya se enfría en esta hoja recuerda ya tu mísero corazón.


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