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sábado, 22 de diciembre de 2012

Por donde otros caminaron



Hay alegrías que se dejan llevar por el viento, momentos que generan sonrisas que se rompen sin explicación. Hay días que las nubes están sobre nosotros y ninguna brisa alivia el dolor que causa la lluvia.
Descubrí una vez un camino sin iluminar. Muchos lo habían recorrido, pero nadie fue consciente de las maravillas que ocultaba entre sus sombras.
Una vez allí, subido en uno de los árboles que custodian su trazo, observé cómo las estrellas se alineaban en busca de quien supiera comprender la sonrisa que recompensaba al caminante. Pero nadie había allí para descubrir su calor.
Rasgué las cuerdas de mi guitarra, entonando una lenta melodía, despertando a las musas, buscando allí la inspiración. El viento comenzó a cantar, animando a plantas y rocas a seguir su compás. Las estrellas miraron con curiosidad aquella estampa, y no pudieron evitar bailar.
Bajé del árbol que con serenidad me saludó, animándome a seguir con mi canción. Me dijo que al final del camino alguien necesitaba escuchar mi voz, pues allí el viento no es la bondad que yo conozco, allí ruge con furia y dolor.
Caminé en silencio, pues las nubes pronto me quisieron acompañar. Sólo las estrellas me indicaban donde podía pisar, pues a cada paso que daba, desaparecía mi huella anterior. Podría perderme, pensé, pero siempre he sido un corazón indomable y no hay noche que logre apagar mis ojos.
La voluntad de alcanzar el final del camino triunfó, y las nubes se elevaron. No pude ver las estrellas entonces, pero sentada en el suelo, vi a la persona por quien todos recorrieron aquel sendero.
Sus lágrimas empapaban la tierra y la piedra, y su mirada se hundía triste y apagada, recordándome el vacío que dejan las sonrisas cuando desaparecen, las alegrías efímeras que arden cerca de la ventana.
Quise hablarle, preguntarle, pero hace tiempo que olvidé cómo hacerlo. Busqué entre mis virtudes sin hallar un gesto adecuado, así que me senté en la misma tierra que empapaba sus lágrimas y me puse a cantar.
No busqué consolarle, ni tan siquiera que sonriera, simplemente al ver su mirada, comprendí que el fuego continuaba ardiendo en su corazón. Así que canté, canté y canté, hasta que por fin la mañana, entre nubes dispersas, nos saludó.
Hay caminos a oscuras y corazones apagados, hay alegrías que se las lleva el viento y sonrisas que sucumben al dolor… pero siempre que uno escuche, siempre que uno sueñe, al final verá salir el sol.

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