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jueves, 27 de diciembre de 2012

Pausa

El olor del mar trae esta noche calurosa un sonido reconfortante. A lo lejos arden las hogueras, pero este es un momento hecho para disfrutarlo. El sonido, como decía, se mezcla con el eco del pasado, con las voces de mis antepasados, quienes esperan a la mesa que me reúna con ellos.
Cantan y vitorean sobre las viejas heridas, sobre la vida y la muerte que tanto conocen, riendo y bebiendo a la salud de los que vamos a caer.
La noche oculta sus estrellas a mis ojos, pero no a su hija, resplandeciente en su trono de terciopelo.
Cantaría, tocaría mi lira, incluso acudiría a celebrar con los demás que estamos vivos, todavía, pero mi ánimo sereno prefiere permanecer sentado en las almenas de esta muralla infranqueable.
Se alza poderosa, desafiando al mar y los hostiles vientos del Oeste, que con sus gritos y aceros trajeron la desdicha que el oráculo anunció. Una suerte inevitable que no todos supieron afrontar.
Cuando el enemigo llegó, mucha sangre ya se había derramado, muchos niños ya había llorado, muchas esperanzas yacían olvidadas.
Pero los demás seguimos aquí, mil años después, soportando las inclemencias de la vida, de la guerra y el hambre, de la avaricia y la tortura. Sobrevivimos todavía a la falta de fe, a los traidores y embaucadores, a los trovadores que cantan las riquezas y olvidan su corazón tras cada nota.
Esta noche de calma traicionera, atisbando el horizonte desde la eterna muralla de mi hogar, rezo a los vientos, al mar y a la tierra, agradecido por lo que tengo, por lo que soy, por lo que amo… y por lo que añoro.


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