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jueves, 20 de diciembre de 2012

La mirada dormida de Eurídice



Sus manos dibujaron el contorno de sus delicados labios, remanso de lágrimas en las noches de invierno. No había visto jamás belleza tan radiante en aquel páramo desolado, regado por la desdicha que nutre el Aqueronte.
No comprendió cómo se podía tallar en la roca muerta semejante belleza. La perfección de su contorno, la intensidad de aquella mirada gris, las finas hebras de largo cabello que no se atrevía a tocar ante la fragilidad con que lloraban.
En aquella del Infierno, la dicha fue olvidada hasta aquel mismo momento, y eso le llenó de temor, pues pensar que le podía ser arrebatada la divina presencia de aquella piedra, castigó con fuerza su negro corazón.
Se sentó sobre el polvo esperando que la dicha le fuese arrancada de la mirada. Nada es eterno en el Abismo salvo el dolor y la melancolía. Contempló fijamente aquella escultura de enigmática presencia, memorizando, grabando a fuego en su deteriorada esencia la luz que se escondía tras la roca.
Por un segundo miró a los pies de su amada de piedra, y contempló el destello metálico de una lira que guardaba una historia tras el silencio sus cuerdas. Abandonada allí, sin nadie que acariciase sus delicadas melodías, le habló en un susurro que resonó imparable en sus venas ponzoñosas.
Había calor en aquellas palabras, y así, reconfortando su esencia demoníaca, conoció la historia olvidada de la hermosa estatua: vio los campos de amapolas bañados por el sol, conoció el gozo de dos almas; luego vio la muerte en vida, la vida atrapada en la desesperanza, la lucha por descender al fuego del Hades y la canción que descongeló el Eterno Dolor.
¿Pero porqué cuando la salvación estuvo cerca, su piel se tornó piedra? ¿Qué sucedió en su mirada para que el verde de la vida cambiase al gris del olvido?
Sentado frente a ella, con sus ojos negros desbordados de dolor, dejó que el eco fantasmal de la última nota tocada en aquella lira se llevase para siempre su negro corazón.


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