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sábado, 17 de noviembre de 2012

El final de todos los inviernos: Capítulos IV y V

Hoy es un día especial, así que os regalo la lectura de los capítulos IV y V de "El final de todos los inviernos". ¡Disfrutadlos!



IV


Poco antes del amanecer había llegado a la ciudad. Ocultándose en las sombras menguantes de los callejones y rincones, fue avanzando, adentrándose en la gran urbe. Consiguió esquivar a todos los humanos que le iban saliendo al paso. Buscaba un lugar donde poder estar solo, a salvo de las miradas, tanto de hombres como de ángeles, y concentrar sin distracciones su esencia para localizar la fragancia del alma de Batshemesh. Sabía que se encontraba en aquella ciudad que poco a poco se despertaba y desperezaba, llenando sus calles de ruido y ajetreo.  Estaba seguro que en alguna de aquellas calles, en alguno de aquellos edificios, encontraría a su amada.
Sus manos reconfortadas por el Don de la carne, de nuevo fuertes, compensaron la debilidad de sus alas negras y logró trepar sin muchas dificultades a lo alto de una vieja fábrica reconvertida en museo. Se detuvo en mitad de la azotea, rodeado de bidones de metal vacíos y herramientas oxidadas, olvidadas. Tenía la esperanza de poder contemplar, milenios después, la luz del sol y disfrutar de su calidez. Aquella sensación perdida sería lo más cerca de Dios que nunca volvería a estar. El amanecer avanzó lento, y cuando sus ojos creyeron percibir la curva silueta del Gran Astro, una repentina tormenta, al igual que nubló el cielo, dejó a su negro corazón si el deseado calor. La mañana se tornó oscura tarde, como si la noche fuera a caer tan repentinamente como aquella lluvia maldita.
De pie, mirando al cielo sobre su cabeza, empapado, pasmado, de nuevo cansado y sintiendo gran aflicción, cerró los puños al tiempo que sentía aquel olor en el ambiente, un dulce aroma en el agua que caía cruel y despiadada.
-Lágrimas de un ángel –murmuró para luego gritar, rugir-. ¡Lágrimas de un esclavo!
Sabía muy bien qué significaba aquella lluvia. Su fuga había sido descubierta y su caza estaba en marcha. Lágrimas de un ángel para ocultar a todos los ángeles que pisaran de nuevo la tierra. Ellos no necesitarían comer carne humana, ni desfallecerían ni perderían su fuerza y su luz por mucho tiempo que allí permaneciesen. Pero aquella circunstancia, aquel camuflaje, a él también lo favorecían.
Le habían descubierto demasiado pronto. Araziel no era el primer Caído que lograba escapar del Infierno, pero jamás ninguno de sus predecesores había regresado al Infierno. Si habían sido cazados o lograron esconderse y pasar inadvertidos entre la humanidad era algo que ignoraba. No sabía cómo moverse por aquel mundo que desconocía, que había cambiado demasiado desde la última vez que lo pisara. Miraba a su alrededor y sólo distinguía enormes moles de piedra, acero y cristal, construcciones donde ahora vivían los hombres. Lejos quedaba el Edén y sus verdes praderas, sus ríos cristalinos, sus selvas, lagos, mares, montañas y bosques.
De pronto sintió el ruido, la suciedad, el penetrante mal olor de la sociedad humana perforando sus sentidos. En su cabeza resonaba el eco de la fuerte lluvia golpeando con furia aquel paisaje que le angustiaba.
Pero abrió sus alas, desafiando a los elementos, al miedo y a la desesperación, mostrándose al cielo con una decidida mirada de desafío y rabia.
-¡Escúchame -gritó a pleno pulmón, elevando su voz por encima del ensordecedor repicar del agua, de los truenos y el tráfico de la calle-, me he liberado de tus cadenas, he roto tu Ley, tu Palabra, tu Voluntad… He venido a tu Paraíso por ella, para borrar las tinieblas de su vida… Yo, desde la oscuridad en la que me condenaste a resucitar, cruzando desiertos de dolor y olvido, a través de mares de locura y desesperación, he venido a liberarla… aunque mi esencia se desvanezca en el Tiempo… la victoria será mía!



V


No puedes dormir, esta noche tampoco. Resígnate, enfádate tanto como quieras. Estás sola, tan sola como cada día, como cada noche, como siempre, desde que recuerdas, porque sabes bien que nadie quiere estar a tu lado. Laméntate. Llora.
La angustia entra en tu pecho como un cuchillo corta el aire, sin resistencia. Siéntela agarrar tu corazón y apretar con fuerza. Sigue llorando, quizá no puedas caer más bajo. Ya no te queda nada por lo que vivir. Nunca has sido una luchadora, nunca el valor fue una virtud en tu mirada. La vida te ha ido dando golpes, tantos como ha querido, y tú nunca has podido hacer nada, salvo llorar, gritar, lamentarte, preguntar porqué y caer en la espiral de la desdicha una y otra vez.
Tu infancia siempre vuelve, siempre a estas horas de la noche. Recuerda a tu madre, que siempre supo que no eras su hija y nunca te miró con amor. La verdad es que nunca te quiso, lo sabes. Tu padre ausente, desentendido de tu lamentable vida… pero no puedes olvidar, porque la culpa es tuya, siempre lo ha sido. Ni sus voces ni sus miradas podrás jamás apartar de tu memoria, tatuadas en tu negra alma. Se apagarán sus vidas por tu culpa, por el dolor que causaste, y eso te atormentará hasta el final.

 Recuerda.

 Sufre.

Pero despierta, no tienes derecho a dormir. Esta noche tampoco.

Frente a ti siempre ese horrible televisor, compañero en tu soledad. Observa la estupidez humana de la cual tú eres parte, triste y amargada mujer.
Nadie soporta tu compañía, nadie necesita tu amor. Vivir en esta soledad es lo mejor que te puede suceder. Convéncete de ello. Cada hombre que ha pasado por tu vida ha huido cansado, arto de tus vacías palabras, de tu falta de amor propio y la desgana que destilan tus actos. Estas sola, ese es tu destino.

 Hoy te han echado del trabajo. Piénsalo, es culpa tuya, toda tuya. Fuma, pero no te sentirás mejor. Ni el alcohol puede esta noche consolar tu corazón. La estabilidad que tanto buscas se esfuma al igual que el humo del cigarro. Se consumen tus días, y en tu mirada frente al espejo lo puedes ver. Esa mujer que se refleja cada día te es más ajena. Quizá debas ir pensando en deshacerte de ella para siempre.

Vuelve a despertar. La cama es incómoda. Por mucho que te muevas no lo solucionarás. El sudor de tu piel es como una sábana pesada y oscura, cargada de miedos y pesadillas tan reales como la mísera vida que arrastras. No lo olvides, tú eres la culpable de tu miseria.
La muerte puede ser una solución a esta vida. Pero eres tan cobarde que ni para suicidarte vales. Despierta y llora, no dejes de hacerlo. Tantas veces como has cogido una cuchilla y nunca has dado el siguiente paso. Tampoco desde la altura has encontrado la salvación, el fin.

Pero esta noche que pronto terminará debo decirte adiós. Hoy escribiré en tu alma el final de tus días, otra vez.
Así pues, cuando salga el sol, si logra hacerlo a través de la incesante lluvia que bendice esta tierra impura, vas a encontrar el valor, por fin, para dar por terminada tu existencia.

Irene abrió los ojos asustada, gritando, sudando y temblando. Se llevó la mano al pecho, al corazón, pues tenía la sensación de que algo se lo había arrancado de cuajo. Su respiración se entrecortaba a cada bocanada de aire que entraba en sus pulmones. Se sentía terriblemente agotada, desdichada, cansada de vivir.
Encendió el último cigarro que le quedaba en la mesilla de noche y lo fumó mientras su mirada se perdía más allá de la lluvia que caía incesante al otro lado de la ventana del dormitorio. La luz de los intermitentes relámpagos la iluminaban, dotando a su piel de una palidez mortal. Aplastó la colilla en el cenicero que reposaba junto a la cama, en el suelo, y volvió a tumbarse. Se tapó y acurrucó, y comenzó a llorar, otra vez.



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