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sábado, 9 de junio de 2012

Segundo y tercer capítulo de "El final de todos los inviernos"


II


Y los ángeles lucharon entre ellos, y muchos buenos corazones murieron entonces. Campos enteros quedaron cubiertos de cuerpos sin luz, destrozados, profanados, empalados, condenados a la oscuridad por siempre.


Irene abrió los ojos aterrada, sudando, con el corazón golpeando frenético en su pecho. El pijama, las sábanas, toda su piel, estaban empapados en sudor. Buscó con la mirada un punto en su alrededor que le permitiera aferrarse a la realidad, siendo incapaz de asimilar el terrible sueño que la había hecho despertar. Estaba en su habitación. Sintió un gran alivio. Todo parecía estar en su sitio, el despertador marcaba las tres de la madrugada y las luces de las farolas de la calle a duras penas traspasaban la tela oscura de las cortinas. Podía escuchar el viento soplar fuera, sacudiendo y alborotando las ramas sin hojas de los árboles.  Se incorporó y encendió la lamparilla de noche. Buscó la botella de agua que siempre tenía junto a la cama y dio un buen trago. Respiró profundamente varias veces hasta que notó su corazón tranquilo. Se recostó sobre el cabecero de la cama y encendió un cigarro.
-Mierda –murmuró. Acababa de tener el sueño, la pesadilla, más impactante de su vida. No recordaba bien, pero sí la imagen de miles de hombres, guerreros tal vez, que se mataban unos a otros mientras gritaban en un idioma incomprensible. Después uno de ellos, ensangrentado, moribundo, le hablaba, sin entender lo que este decía. De pronto, como sucede en los sueños, se había visto sujetada por tres hombres al tiempo que un cuarto la violaba mientras le gritaba y pegaba. Y ahí despertó, sola, en su cama. Apagó el cigarro sin acabar de consumirlo y se levantó.
El lavabo estaba frío, muy frío. La calefacción no funcionaba desde hacía tres días. Algo pasaba con la caldera, le comentó aquella tarde el propietario del edificio. Permaneció sentada en el váter, tapada con su bata de franela como si de una manta se tratara. Ante ella estaba la pica y sobre ésta el espejo. Levantó la cabeza hasta que pudo ver sus ojos reflejados. Tenía ojeras, otra vez. Últimamente dormía poco y mal, aunque no había tenido pesadillas hasta aquella noche. Repasó en un momento aquel invierno que terminaba. En noviembre la dejó su novio, con el que había vivido en aquel mismo piso algo más de tres años. Fue todo un récord en sus relaciones, se recordó con una triste sonrisa reflejada en el espejo. Arturo aguantó sus constantes cambios de humor, sus fobias y sus malas rachas como ningún otro hombre lo había hecho en sus treinta años de vida. Tenía una facilidad pasmosa para apartar de su vida a todo aquel que se preocupaba por ella, que la quería. Eso le recordó a sus padres, de los que se alejó a los diecinueve años, cuando se enteró que era adoptada.
Encendió otro cigarro.
Las cuatro de la madrugada. No podía volver a dormir. Se tumbó en el sofá del comedor, junto al radiador eléctrico y extendió dos mantas para taparse. En la tele no daban nada interesante, repetición de programas, series antiguas, videntes exóticos echando las cartas y concursos telefónicos. Le escocían los ojos pero no lograba retomar el sueño, como si alguien se dedicara a levantarle los párpados cada vez que estaba a punto de cerrarlos.
Las cinco. Las seis. Las siete. Hora de levantarse, se dijo con una amargura sarcástica. Lejos del radiador seguía haciendo frío.  Tampoco había agua caliente. Calentó una olla de agua en la cocina y se aseó como bien pudo. Cogió su uniforme del tendedero y se vistió con una desgana aterradora. Odiaba su trabajo, aquel centro comercial, siempre lleno de gente ruidosa, gente cansina y maleducada. Por lo menos le permitía pagar el alquiler del piso, se recordaba constantemente. El coche lo había vendido tres meses atrás, pues con sólo su sueldo no podía hacer frente a los gastos. Su vida iba cuesta abajo desde que comenzase el invierno, se volvió a recordar mientras cogía las llaves, el bolso y se ponía el abrigo. No es que su vida hubiese sido una alegría constante, pero conforme iba cumpliendo años, más sola se iba quedando, se iba sintiendo.
Las ocho menos cuarto. En la parada del autobús estaban las mismas personas de cada día. Jueves, pensó mientras se apoyó en una farola. Conectó el mp3. Una canción de Loreena McKennitt comenzó a sonar; para la tarde anterior, cansada y hambrienta después de su jornada laboral, había estado bien, pero necesitaba algo más movido a esas horas de la mañana. Tenía sueño, y no quería quedarse dormida en el trayecto. Avanzó en el listado de canciones y dejó sonar Héroes del Silencio. “Amanecí con los puños enterrados…”, cantó en silencio al escuchar la voz del cantante. Encendió un cigarro y negó con la cabeza, resignada, sumergida en sus pensamientos.
-Muchacha –una voz la devolvió a la realidad-, ¿subes?
Una mujer esperaba a medio subir los peldaños de acceso al autobús y la miraba con una sonrisa.
-Gracias –se sonrojó Irene.
Media hora de trayecto y estaba nuevamente frente a la entrada de empleados del centro comercial donde llevaba siete meses trabajando, desde que la despidieran de su anterior trabajo, en una tienda de animales. Quizá en aquel momento, ser dependienta en aquella tienda, rodeada de olor a piensos, cachorros de perro y heces de pájaros, no era lo que más deseaba y apreciara en el mundo, pero verse de cajera en el supermercado de un centro comercial le superaba cada día que pasaba.
Entró y tras un largo pasillo accedió al parking donde se encontraba el vigilante que controlaba el acceso del personal. Varias de sus compañeras y demás empleados del centro esperaban en una desordenada cola. El vigilante golpeaba la máquina de fichar. Varios golpes después volvió a funcionar. Uno a uno iban pasando. Irene rebuscó en su bolso, pero no encontró la tarjeta para fichar. Otra bronca del vigilante, se aseguró a sí misma. Y así fue.
Dejó el bolso y el abrigo en su taquilla y se repeinó con la mano frente al espejo del vestuario. Otras dos cajeras se retocaban el maquillaje mientras chismorreaban y reían. No sabía, ni quería saberlo, de quien estarían haciendo burla, pero podía ser de ella misma. Tanto le daba. Si algo tenía bien claro es que según qué tipo de personas no las quería en su vida más que lo justo y necesario, y todo aquel que trabajaba allí no era ninguna excepción a esa regla. No es que todo el mundo allí fueran malas personas, pero Irene siempre había tenido desarrollado una alta falta de interés por los demás y se esforzaba en que los demás sintieran lo mismo hacia ella.
-Hola –una voz cálida y alegre la sorprendió camino de la línea de cajas, justo cuando pasaba por la sección de droguería. Era Marta, una chica de veinticinco años, que trabajaba en Atención al Cliente. Irene aminoró el paso y le sonrió cuando ésta le alcanzó. La muchacha le devolvió la sonrisa-. Tía, ayer volvieron a ponerte una queja… uno que decía que para haberse gastado trescientos euros le habían tratado con frialdad y poca simpatía.
-Esos trescientos no me los dio a mi –replicó Irene-. Hay gente que tiene que entender que después de siete horas aguantando gilipolleces una no puede sonreír porque sí a nadie, aunque éste se deje mil euros en la compra.
-Yo sólo te lo digo porque el cabrón de Alfredo está buscando excusas para ajustar la plantilla –Marta era de las pocas personas que allí dentro se preocupaban de los demás. Tenía vocación para estar en Recursos Humanos, pero debió elegir entre Atención al Cliente y el paro a la semana de empezar trabajar.
-A veces creo que el despido es el empujón que necesito para cambiar de vida –se sinceró Irene-. Tú no te preocupes por mí.

 
III


Lucifer sonrió satisfecho y alzó su enorme espada en espera del ataque. Batió sus alas, sucias, manchadas por la sangre de sus enemigos, y todos quedaron maravillados pues su magnificencia era realmente superior a la de cualquier ángel; él fue una vez el Primero.
Sus dorados cabellos ondearon al viento.
Las espadas chocaron y un gran rugido estremeció el Cielo. A cada golpe resonaba un nuevo estallido y todos se acurrucaron entre sus rodillas, asustados, temiendo que el Universo se desplomase sobre sus cabezas o el abismo abriese sus fauces y se los tragase para siempre. Pero no podían evitar alzar las cabezas y contemplar el cruel combate entre hermanos.



-Lo he visto, Abbadón –susurró Rochel, sonriente, caminando entre las estrellas desperdigadas por el vacío del Espacio infinito-. Aquel que ha escapado camina ahora por el mundo de los hombres con pies terrenales.
-No puede ser, no puedo concebirlo –Abbadón se puso en pie y contempló el universo bajo él. En su mano derecha, siempre frías, agarraba con una fuerza descomunal la cadena que retenía a Lucifer en el Infierno. Milenios llevaba como guardián de aquel lúgubre lugar que se encontraba a años luz de donde ahora ellos dos observaban, suspendidos en el Cosmos, con un ojo en el final de aquella cadena y el otro, ahora, posado sobre la Tierra-. No entiendo como no pude verlo escapar. Mis ojos nunca han dejado de vigilar, jamás aparté la mirada de sus tristes rostros.
Abbadón respiraba tranquilo. Dominaba su ira al igual que aquella indestructible cadena, aferrando con fuerzas sus sentimientos, ahogándolos en el frío del Universo infinito.
-También la he visto a ella –Rochel extendió una mano y mostró la Tierra sobre la palma, como si de una fruta se tratase. La hizo flotar, girar, y la alzó a la altura de sus ojos-. Araziel va en su busca. Observa esta esfera, Abbadón, están cerca el uno del otro. ¿Lo ves? Sabes tan bien como yo que Él escribió en estas estrellas que nos rodean su destino, su maldición.
-Y Araziel vuelve a desafiar la Ley –Abbadón comenzó a llorar, vertiendo lágrimas frías sobre la Tierra y la palma de Rochel.
-No hay perdón para nuestros hermanos caídos –Rochel cerró la mano y la imagen del planeta se desvaneció-. Estas lágrimas que has vertido limpiarán el mundo de los Hombres para que nuestros semejantes puedan ir en busca de Araziel.
-Matad a Batshemesh y que su dolor sea así más intenso que el de Lucifer –rugió Abbadón, haciendo estremecer constelaciones enteras-. Devorad el alma de esa mujer y que no pueda así volver a hallarla, ni en la Tierra ni en el Infierno.
-No puede ser –Rochel borró toda sonrisa de su cara-. Él no permitirá que el castigo que impuso a la mujer tenga fin. Olvida esa idea, amigo, hermano, pues aunque tu cometido te de privilegios que los demás no tenemos, no puedes ignorar Su Palabra.
-¿Privilegios, dices? –Abbadón levantó la cadena y la apretó con fuerza frente a los ojos de Rochel-. Esto no es ningún privilegio, hermano. El castigo del Maldito, del Caído, es mi prisión. Fui elegido por la Voluntad Divina, nunca se me preguntó.
-Siento haberte alterado –Rochel apoyó su suave mano sobre el puño encadenado de Abbadón-. Es cierto que el peso que soportas te aleja cada segundo que pasa de la Palabra y el Amor. No quiero herir tu esencia. Disculpa.
-Supongo que Él ya habrá elegido a la mano ejecutora, ¿verdad? –Abbadón volvió a sentarse sobre el firmamento, cansado y desmoralizado-. ¿Quién de entre nuestros hermanos corregirá mi descuido?
-El mismo Elemiah –volvió a sonreír Rochel.
-Elemiah es quien susurra el Destino de Batshemesh –Abbadón quedó por un momento sorprendido. Jamás un ángel había abandonado su Tarea, y éste había sido el elegido para guiar en la desgracia y la decadencia a Batshemesh en sus distintas encarnaciones. Sus palabras, susurradas directamente al alma de la mujer, nunca dejarán que ésta disfrute de la felicidad o el descanso, ni del amor ni del gozo-. ¿Permitirá pues el Altísimo que la mujer sea libre durante el tiempo que precise Elemiah para devolver a Araziel al infierno?
-Sabes al igual que yo que Sus planes jamás nos serán revelados antes de que sucedan –Rochel comenzó a alejarse lentamente-. Mil legiones de ángeles tiene a su disposición si lo precisa, así que si es su Voluntad redirigir el destino de la mujer, sus razones tiene. Al fin y al cabo, su Amor puede ser eterno.
Rochel desapareció caminando entre nebulosas y estrellas solitarias. El Cosmos era la puerta y el camino al Cielo. Abbadón contempló con efímera tristeza el vacío dejado por su hermano. Volvió a concentrar totalmente su atención en el otro extremo de la cadena, contemplando con ira el rostro apagado, gris e inerte de Lucifer. El Infierno no era tan sólo aquel lejano y lúgubre lugar donde yacían condenados los rebeldes, los caídos, los derrotados. El Infierno también era no poder recuperar sus atributos angelicales, su esencia divina, y permanecer allí, sólo, tan encadenado como su odiado Lucifer.

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