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lunes, 25 de junio de 2012

La voz como un arma

Arden los pecadores simplemente al pronunciar sus nombres, a mi paso; lento caminar bajo la irritada noche, molesta con el descaro con el que deambulo entre sus calles. El río me observa, allí abajo, inquieto, atento a cualquier palabra que de mi boca pudiera salir; suspiro, se asusta y sigue su camino.
Durante el día he escuchado muchas cosas, palabras, desde la televisión, desde el equipo de música, desde mi mente. Todas significaban algo, algunas no tenían sentido para mi. No puedo comprender todo lo que me rodea, hay cosas que no, ni tan siquiera me interesa intentarlo. Lo absurdo a veces llama mi atención, pero nunca obtiene lo que busca. Quizá mañana, en el trabajo, cuando me canse de escuchar mis pensamientos, preste atención a sus vidas, la de los demás; hoy no.
Muerte, violaciones, pederastas, políticos en sus palacios... todos ellos arden en mis retinas. Furcias, chulos, ineptos, desconocidos charlatanes incapaces... ellos también están condenados ante mis ojos. Esgrimen sus razones, sus vacías palabras, su mísera existencia que al fin y al cabo es tan insignificante como la mía, como la de todos. Hasta ese río de ahí abajo un día decidirá detener su curso y darse un respiro. Nosotros también nos detendremos un día de estos, da igual el poder o el dinero. Dejaremos de andar, de hablar, y esas palabras que tan bien cargamos de odio, de miedo, de ignorancia, de amor, acabarán desapareciendo perdidas en la inmesidad de nuestra muerte.

Pero hasta entonces, ¡lucharemos!


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